Colegio Montealto

Educar en la fe: una misión que comienza en casa

Educar en la fe a niñas de ocho años es todo un reto. Si bien a esta edad la vida de piedad se vive con especial inocencia y sinceridad, también es una etapa en la que comienzan a cuestionar lo que ven y escuchan, movidas por una curiosidad natural y un profundo deseo de saber más. Poco a poco, descubren que la fe va mucho más allá de lo que pueden ver o comprender: empiezan a reconocer, sentir y amar a un Dios que ha creado todo cuanto existe y que habita en sus corazones.

Entre las cinco dimensiones del ser humano se encuentra la dimensión trascendente, que considero la más importante, pues está estrechamente relacionada con la formación espiritual de la persona. Pero ¿quién tiene la responsabilidad de educar a nuestros hijos en este ámbito? La respuesta es clara: somos los padres los primeros llamados a cultivar en ellos el amor a Dios, un amor que debe nacer de la libertad, la convicción y el deseo sincero de acercarse a Él.

Hace algún tiempo encontré una frase que me hizo reflexionar: «La fe es lo único verdaderamente importante que se les puede transmitir a los hijos, pues es lo que da sentido último a nuestra existencia».

Estoy convencida de que, en medio de nuestra ajetreada vida como padres, la mejor manera de transmitir la fe es a través del ejemplo. Para nuestros hijos, la oración y los hábitos de piedad adquieren un significado mucho más profundo cuando nos ven practicarlos. No basta con enseñarles a rezar; es necesario que nos vean rezar. No basta con hablarles del amor a Dios; debemos procurar que ese amor se refleje en nuestra vida cotidiana. Eso es, precisamente, lo que Dios espera de nosotros.

En el colegio Montealto nos encontramos en la recta final de la preparación para la Primera Comunión de nuestras alumnas de Tercer grado. Hace poco recibieron el sacramento de la Confesión y es emocionante ver en sus rostros la ilusión con la que esperan ese gran día. Sus sonrisas y la emoción con la que cuentan los días que faltan nos recuerdan la grandeza de este momento.

Sin embargo, vale la pena detenernos y preguntarnos: ¿cómo estamos acompañando los padres a nuestras hijas en este camino hacia su Primera Comunión?

Una hermosa manera de hacerlo es compartir con ellas pequeños actos de piedad: rezar juntos, acercarnos al sacramento de la Confesión y animarlas a hacerlo, asistir a Misa los domingos y recibir la Comunión. Son acciones sencillas, pero llenas de significado, que deben brotar siempre del amor a Dios y no de una mera obligación.

En cuanto a la oración personal, podemos enseñarles a pedir no solo por sus propias necesidades, sino también por sus padres, hermanos, abuelos y por quienes más lo necesitan. En el Colegio, además, les hemos enseñado a dirigirse a Dios con tres expresiones sencillas que nos recuerda el beato Álvaro del Portillo: «Gracias, perdón y ayúdame más». Tres frases que encierran una profunda enseñanza y que pueden convertirse en una guía para su diálogo cotidiano con Jesús.

Como vemos, la vida de piedad en familia es fundamental. Sin embargo, no debemos olvidar otros dos pilares esenciales de la formación cristiana: el conocimiento de la doctrina y la educación en virtudes.

La doctrina les proporciona fundamentos sólidos para comprender su fe, defender sus convicciones y afrontar con criterio los cuestionamientos del entorno social. Las virtudes, por su parte, fortalecen el carácter y nos ayudan a construir una vida plena, orientada hacia el bien y no hacia lo superficial o meramente material.

Virtudes como el orden, la templanza y la generosidad se cultivan día a día, tanto en casa como en el colegio. En Montealto buscamos fortalecerlas mediante pequeñas acciones cotidianas: cumplir los horarios, pedir permiso antes de salir del aula, levantar la mano para intervenir o respetar el turno en una fila. Son gestos aparentemente sencillos, pero que, vividos con constancia, contribuyen a formar personas responsables, libres y capaces de pensar en los demás.

San Josemaría nos recuerda una hermosa verdad: «Cada hijo es una muestra de confianza de Dios con los padres, que les encomienda el cuidado y la guía de una criatura llamada a la felicidad eterna».

Esta reflexión nos invita a recordar que educar en la fe es mucho más que preparar a nuestras hijas para recibir un sacramento. Es acompañarlas en el camino de su vida, ayudarlas a descubrir el amor de Dios y enseñarles a corresponder a ese amor con libertad y alegría.

La Primera Comunión es un momento maravilloso, pero no es la meta final: es el comienzo de una amistad con Jesús que deseamos que dure toda la vida. Y en esa hermosa misión, los padres tenemos un papel insustituible.


Por: Marcella Sandoval Delgado. Docente del Colegio Montealto.

Educar en la fe: una misión que comienza en casa

Regálate una hora

Premio a la excelencia académica 2026

Viaje de estudios a Estados Unidos

Scroll al inicio